La brújula que nos falta

Opinión

Antes de mejorar la escuela hay que saber, con honestidad y sin que nadie sea juez de sí mismo, cómo estamos. Y eso vale para todo el sistema, no solo para el aula. Esa es la tarea del Instituto Dominicano de la Calidad Educativa.

Por Víctor Martir

Imagine un barco que zarpa cada mañana, con su tripulación entregada y su carga preciosa, pero sin instrumentos para saber si avanza hacia el puerto o se aleja de él. Puede remar con todas sus fuerzas y, aun así, perderse. Algo parecido nos ocurre con la educación dominicana: trabajamos mucho, invertimos como nunca, pero nos falta una brújula confiable que nos diga, sin adornos, hacia dónde vamos.

Tenemos números, es cierto. Medimos a los estudiantes con pruebas diagnostica, pruebas nacionales e internacionales, y eso ya es valioso. Pero medir al estudiante no es lo mismo que evaluar la calidad de la escuela que lo forma ni del sistema que la sostiene. Y cuando esa evaluación existe, casi siempre la hace la misma institución que administra el sistema. Es decir: el mismo que rema es quien dice si vamos bien. Nadie debería calificar su propia tarea.

Por eso, la primera de las 6 propuestas que la Asociación Nacional de Directores lleva al país es crear el Instituto Dominicano de la Calidad Educativa, el INDOCE: una institución dedicada por completo a una sola cosa, mirar la calidad de nuestra educación y decir la verdad sobre ella, con rigor y con independencia.

¿Qué haría, en concreto? Primero, poner en claro qué entendemos por una buena escuela, con señales que cualquiera pueda reconocer: la calidad de lo que se enseña, el ambiente en que se aprende, la manera en que el centro se organiza, los resultados de los niños. Después, observar de cerca los centros y los programas, no solo leyendo rubricas y plantillas, sino visitando, conversando y entendiendo cómo funciona cada escuela por dentro. Y, con esa información, reconocer y acreditar a quienes de verdad alcanzan la calidad, y señalar con franqueza, en informes públicos, dónde estamos fallando y qué hay que corregir.

Pero conviene decir algo que no siempre se entiende, y que para nosotros es esencial: el INDOCE no debe mirar solo hacia abajo, hacia la escuela y su director. Debe evaluar el funcionamiento de todas las instancias del sistema, de arriba abajo. Los viceministerios, las direcciones generales, los institutos descentralizados, las regionales y distritos educativos, cada oficina que toma decisiones que más tarde caen sobre el aula. Sería injusto, y además poco útil, un sistema que examina con lupa al maestro y al director, pero deja sin revisar a quienes los dirigen. La calidad se construye, o se pierde, a lo largo de toda la cadena, y la evaluación debe alcanzar a cada eslabón por igual.

Tiene, además, una tarea que hoy nadie cumple del todo: darle seguimiento a los grandes compromisos del país con su educación. Tenemos planes estratégicos y tenemos un Plan Decenal, con metas escritas y plazos definidos. Pero, ¿quién verifica, año tras año y sin complacencia, si esas metas se están cumpliendo de verdad? El INDOCE sería esa memoria y esa conciencia: el que mantiene la vista puesta en el rumbo de largo plazo, para que los planes no se queden en buenas intenciones ni cambien de dirección con cada nueva gestión. Una brújula no sirve de nada si la guardamos en una gaveta.

Sé que la palabra evaluación a veces asusta. A nadie le gusta sentirse examinado. Pero un buen evaluador no es un castigador; es ese amigo honesto que nos dice la verdad sobre las grietas de la casa, no para humillarnos, sino para que la arreglemos a tiempo. Nosotros, los directores, somos los primeros que queremos esa mirada, porque trabajamos a ciegas cuando nadie nos dice con claridad qué se espera de nuestra escuela.

Y aquí está lo más importante, lo que hace del INDOCE la pieza que abre el camino. Para mejorar el liderazgo escolar, que es nuestra segunda gran propuesta, primero hay que saber qué es una buena escuela y qué es un buen director. El INDOCE pone ese norte. Define la meta que el resto del esfuerzo va a perseguir: la formación de los líderes, las orientaciones de los centros, el funcionamiento de cada instancia, todo apunta mejor cuando hay una brújula que marca el rumbo. Sin esa referencia, hasta nuestras mejores intenciones caminan a tientas. Por eso decimos que esta es la propuesta que más necesitamos: porque le da dirección a todas las demás.

Una sola condición la hace creíble: que sea de verdad independiente, separada de quien administra el sistema día a día. No para enfrentar a nadie, sino para que su palabra valga. Una calificación solo sirve cuando quien la pone no es juez y parte. Así funcionan, en muchos países, las instituciones serias que cuidan la calidad de lo que de verdad importa.

Hace falta valentía para pedir que nos evalúen a todos, de la escuela al despacho. Pero esa valentía es, justamente, la señal de un sistema que quiere mejorar de verdad. La educación dominicana ha demostrado que sabe esforzarse; ahora necesita atreverse a mirarse al espejo con honestidad, completa, sin dejar a nadie fuera del reflejo. El INDOCE es ese espejo, y es también la brújula. Empecemos por ahí.

En el próximo artículo hablaré de la segunda propuesta, la que más nos toca como directores: un sistema que por fin tome en serio el liderazgo de la escuela.

Sobre el autor:

Víctor Martír, es docente universitario y Director del Centro educativo Anibal Ponce, con màs de 20 años de experiencia. Es actual Presidente de la Asociación Nacional de Directores de Centros Educativos de la República Dominicana (ASONADEDI-RD).


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